33. Tun / La retirada (el lugar correcto)

Domingo. Limpieza de las bibliotecas del departamento. Sabemos que los libros no sólo son contenedores de sabiduría, tonterías y belleza sino que también acumulan mucho polvo. Limpieza, no es lo mismo que ordenar. Es decir, los libros salen y entran de los estantes, pos pasada de trapo y detergente, en la entropía caótica del devenir. En crilollo, así nomá. Conviven – de esta manera – libros y autores en una diversidad azarosa sin protocolos ideológicos, estéticos, cronológicos o afines a determinada paleta de colores o tamaño. Lo importante, estantes limpios.

Un día de domingo, limpiando bibliotecas, el espíritu de la procrastinación se apoderó de mi y – a pesar de los exorcismos amateurs – terminó tomando el panel de control de mis acciones. Así fue, que encontré un ejemplar del I Ching perdido entre ediciones tapa dura de Batman, un libro sobre Cristo y como llegar a él (recuerdos de una novia evangelista) y la correspondencia entre Perón y John William Cooke. Se trataba de una traducción de la versión del misionero alemán Richard Wilhelm del libro de las mutaciones. Con el libro en las manos, dejé el trapo y la pila de ejemplares correspondientes a ese estante y decidí hacer lo que todo el mundo haría un día de domingo limpiando una biblioteca. Me senté. Cerré los ojos. Abrí el libro al azar. Ví la página, la ciento ochenta y nueve. Leí la explicación de un hexagrama, volteé a la página anterior y ahí estaba, el ideograma y la referencia: “33. Tun / La retirada”. El dictamen decía: “La retirada. Éxito. En lo pequeño es propicia la perseverancia.”

Hace unos cuantos años atrás escribí un elogio de la renuncia. Daba cuenta del doble movimiento que la renuncia provoca. Ausencia y testimonio a la vez. La retirada es otra cosa. No se trata de una huida, como bien aclara el libro. Según reza el I Ching el momento de la retirada es cuando cuando las fuerzas hostiles dominan el campo, antes que la desesperación invada nuestro accionar, en plenitud de nuestras sabidurías y habilidades, y – especialmente – sin perder la posición en la que estamos. La retirada está íntimamente ligada a la perseverancia, qué a su vez – cómo citábamos recién – se manifiesta en lo pequeño. Saber retirarse, para persistir, no sólo es fortaleza sino también delicadeza.

El momento de la retirada es una revelación. Golpea nuestra sensibilidad duramente. Y si bien, estamos enteros no podemos dejar de conmovernos. En La película Babylon (Damien Chazelle, 2022) hay una secuencia – entre tantas – que bien podría haber salido de una película de Federico Fellini. No tanto por lo maravillosamente bizarra, circense y dramática que es, sino porque contiene, hacia el final un momento epifánico. Es cuando Jack Conrad (Brad Pitt), ese actor que fuera gloria del cine mudo, que ya manejaba la técnica e imponía sus puntos de vista y que estaba convencido sobre la importancia y el desarrollo del cine como arte, ve la locura y el desenfreno a su alrededor con los ojos húmedos que anticipan el fin del sueño. Está escrito, la serpiente anuncia el fin del paraíso. A partir de ahí sólo serán ángeles y fantasmas cómo bien apunta más tarde Elinor St John (Jean Smart). Jack sabe, es el momento de la retirada. Y ese camino no se encuentra en ninguna cartografía, ni tiene destino cierto.

A fines del año pasado, una canción de Natalia Lafourcade explotó dentro mío sin previo aviso. Sólo los villanos del cine anuncian que van a destruir todo con sólo chasquear los dedos. Así, pueden justificar la película y la presencia de los superhéroes. La canción entró por contrabando y arrasó con mis emociones. “Chorei, chorei / Até ficar com dó de mim”   escribió Chico Buarque alguna vez. Pero volvamos al lugar correcto. Un bucólico video en blanco y negro, ambiente de Nouvelle Vague, la participación de Adanowski y la letra sobreimpresa en castellano y en inglés. Un aire de bolero da lugar a una melodía mántrica que flotando, va dejando caer verdades dolorosas y bellas en la delicada, clara y sentida voz de Natalia. Y habla de esto que estamos boceteando, a trazo grueso, en este texto: la retirada.

“Entonces regresé a ese silencio necesario,

para escuchar el corazón hablar de la verdad.

Y el lugar correcto es el ahora,

para caminar.”

Natalia Lafourcade – El lugar correcto

En fin, el libro de las mutaciones me trajo a esta canción que escucho aún hoy en un loop indefinido. Cada cuál verá la forma de retirarse, tal vez no lo sienta necesario, quizás los signos no son tan claros. La retirada es parte del movimiento de la vida, afirma el I Ching. Nada más claro que el cielo y la montaña. No hay juez que discrimine las emociones, los afectos y las obligaciones en cada uno de nosotros. Para escuchar, para entendernos, tal vez tengamos que retirarnos a ese silencio necesario que apunta la canción. Retirarnos del consumo adictivo, salir del haz de luz. Que vernos a nosotros mismos no sea siempre una selfie. No se trata de quemar fotos viejas sino de mirarlas con compasión y alegría agridulce. Que en esa genealogía de lo que somos, que cada uno relatamos, las luces y las sombras, las fiestas y las resacas, los llantos y las risas, el amor y el desamparo sean parte de ese vertiginoso – a veces calmo y aburrido – viaje que termina siendo esta vida (“…en tránsito perpetuo.” Como el amor, tal cuál lo describió Charly García). Bien podría ser la retirada el camino que nos ayude a vencer ese enemigo que nos pone palos en la rueda y que solemos ser nosotros mismos. 

Se acaba el domingo. 

Es tarde ya, tendría que seguir limpiando las bibliotecas.

Tal vez mañana.

Unas flores me esperan.

Café Azar

Un (acontecido)  día de domingo, 

22 de  enero de 2023.

Posadas, Misiones, RA. –


El bajista de Tim Maia

Para Claudio Joner

irmão, baixista e compadre em terra sulina.

“Eu vou a chamar o síndico”

Jorge Ben Jor

No es un cuento de navidad, tampoco de año nuevo (o viejo). No hay magia, ni milagros. En realidad, depende de lo entendamos por magia o milagro. Se termina el año dos mil veintidós, que – como cualquier otro año – trajo alegrías y tristezas (que – sabemos – não tem fim). Un video de El Chombo, en YouTube sobre Héctor Lavoe, me trajo a la memoria, por asociación ilícita, la figura, la voz, de Tim Maia. En realidad hace rato que su voz áspera, fina y potente sonaba en mi cabeza en los entretiempos que me dejaba el Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar de Fernando Romero y la Mosca (antes tse tse). Algo de lo que argumenta El Chombo – en su hablemos de Héctor Lavoe- me partió la cabeza por lo obvio y contundente. El cantante (“qué hoy han venido a escuchar”) tenía la  misión de alegrar a la gente, y a medida que esto sucedía, más grande era su dolor ante los golpes de la vida. El significante, que era Héctor Lavoe, mutó en Tim Maia. Podría haber sido Belchior, Luca Prodan, Ian Curtis, Kurt Cobain o Violeta Parra entre tantos. Pero este relato, o texto – ponele – no lo estoy escribiendo para recordar el club de los veintisiete, o el retrato de hermosos y malditos dioses del parnaso de la música, la poesía o el arte en general.

Como tantas historias, esta, se inicia con un viaje. A São Luís. Allá, en el norte de Brasil. Año dos mil diecinueve. La única ciudad de Brasil fundada por franceses, en mil seiscientos doce. Después pasaron holandeses (hoy países bajos según nos recalcaron hasta el hartazgo periodistas y locutores deportivos durante el mundial de Qatar) y portugueses. En algún momento, fue capital de la unidad nordestina de Maranhão. Una ciudad de vestigios coloniales, en una isla. En fin. Nada de esto importa en relación a lo quiero contar.

Fui un viajero solitario recorriendo las ruas y los botecos en aquella antigua capital. Traté de ser invisible, de ser “el murmullo de una ciudad” (como canta y escribe Dargelós en Babasónicos). Hablaba lo justo y necesario. Por mi parte tengo pocas habilidades para reproducir lenguas extranjeras. Entiendo gran parte del portugués que me hablan pero al momento de responder el síndrome de Tarzan se apodera de mí. Con la lengua portuguesa y sus sotaques esto no es un dato menor. Amo la música y la canción popular brasileña en su diversidad, en su complejidad y en su generosas formas de iluminar el mundo. Al igual que con la palabra, me cuesta afinar en el canto aunque advierto las desafinaciones. Las voces y las poéticas de la MPB, del rock brasileño, de la bossa nova, de la  jovem guarda, de O rei, de Elis, de Hermeto, Egberto, Gal, Zeca (Pagodinho o Baleiro), Maria Bethania, Raulzinho y tantos, tantos más, son parte de los sonidos a los que vuelvo una y otra vez. Un loop de amplias dimensiones y sonoridades que nunca se detiene en mi corazón. Cuando nos asomamos a otras lenguas y sotaques pareciera que cada palabra vibra, mística, resplandeciente e inalcanzable. Lo mismo pasa con los ritmos y las armonías. Las melodías – intuyo – deben ser la única manifestación de lo universal en esta confundida humanidad.

Vuelvo a São Luís. Uno de mis paseos solitarios me llevaba al Mercado Central. Salía del circuito del casco histórico. Calles que subían y bajaban. Paredones. Grafittis. Lanchonettes y despensas. Gazebos con predicadores y anteojos de sol. Entraba al mercado y era como meditar entre colores y olores. Allí estaban las verduras más maravillosas de psicodélicos colores, carnes de todo tipo, botellas violetas de tiquira (producto de un destilado sincrético) y frascos con pimientos de diferentes tamaños. Del tiempo que estuve en São Luís, día por medio visité el mercado. Sin quererlo, ni pensarlo, uno vuelve a los lugares donde se siente bien. Buscaba las respuestas flotando en el mercado.

En una de esas recorridas por el mercado central, después de perenigrar lentamente cada recoveco del lugar – y viendo que ya se hacía tarde – me encaminé para salir y volver al hotel donde paraba. Cuando estaba llegando a una de las puertas de salida, sentí que afuera se larga una lluvia, más que tropical. Llovía muy fuerte y no daba para caminar (estaba a una distancia medianamente considerable). Me quedé parado, en una de las puertas viendo cómo el cielo – liquido – se venía abajo en aquella parte de la ciudad. En ese momento escuché una voz. Alguien me hablaba.

Al lado mío estaba un hombre un poco más bajo, algo canoso, de tez curtida por el sol. Empiezó a hablarme de la nada. Me dijo como se llamaba. Terminaba en inho. No retuve su nombre. Habló sobre la lluvia. Después consideraciones generales sobre el tiempo en ese lugar. Yo contestaba apenas con monosílabos, tratando de esconder mi castellano en un portugués minimalista. No hubo caso, al poco tiempo me preguntó si era uruguayo. Argentino, le dije como quien es descubierto infraganti. En fin, las culpas de la argentinidad. La lluvia seguía, parecía – por su potencia – que recién había empezado. Ahí fue cuando me contó que fue, por muchos años, bajista de Tim Maia. Cuestiones de fiestas, alcohol, abismos y saltos sin red. De cuando Sandra de Sa recibió el llamado del gran cantor, jovencita, recién apareciendo en los escenarios, (divina ella, pienso, la veo) y Tim le dijo unas cuantas guarangadas para después ofrecerle su banda, escribirle una canción y así apadrinar de alguna manera su carrera solista. Qué Tim se zafaba pero tenía un corazón de oro. Que hubo un encuentro – quizás salido de otro relato – entre Joao, si, aquel que – según Caetano Velosso –  es mejor que el silencio y la parafernalia verbal de Tim. Entre el traje clásico de un oficinista en un filme de Billy Wilder y la camisa colorida que derrocha flúo y formas lisérgicas. Me contaba y pensaba que me hubiera gustado ser testigo y partícipe de aquel encuentro. Las historias se fueron apaciguando y la lluvia paró. Nos saludamos afectuosamente y salimos cada cuál por su camino.

Volví al mercado, más de una vez, como quien no quiere la cosa, intentado que acontezca nuevamente el encuentro. Pero no, no acontece. Intenté, infructuosamente, chequear quienes fueron los integrantes de Vitoria Regia, la banda que por más de veinte años acompañó a Tim, pero no puedo ubicar el nombre del bajista. Me doy cuenta que apelo a una huella difusa, de la cuál quedó una sonoridad perdida, en una tarde de lluvia en el Mercado Central de São Luís, en Maranhão.

Casi cuatro largos años después me empezaron a caer – como fichas de una máquina tragamonedas en un casino – una serie de reflexiones ligadas al fugaz encuentro. ¿Qué hace, que de la nada, un quía me empiece a contar cosas del síndico do Brasil, tal como lo llamó Jorge Ben Jor? Son infinitas las posibilidades de establecer cualquier conversación sobre cualquier tema entre dos personas que casualmente se encuentran. También son infinitas las posibilidades de que yo no supiera absolutamente nada de la música de Brasil y mucho menos de Tim Maia o Sandra de Sa.  Tal vez, mi interlocutor fuera uno de los noventa seres diferentes que provienen de otras tantas galaxias y dimensiones de las que hablaba Tim y pudo establecer el contacto escaneando mi cerebro. Igualmente no pensaba en música mientras miraba la lluvia, o tal vez si, allá.  Quizás fuera un espectro de algún contrabajista de los tantos que pasaron por Vitoria Regia. Si, como creo, el mundo es un caos, este tipo de encuentros más que estar prefigurado por un destino escrito en quien sabe que papiro, es – una posibilidad entre tantas posibles e imposibles – como el golpe y rebote de una pelotita en una mesa de pinball. Y quizás esa sea la manifestación del milagro o de la magia. Lo inesperado. La sorpresa. Y este escrito sea uno más de los tantos cuentos de navidad, de año nuevo o año viejo.

Este último párrafo esta destinado a las personas con las que uno se ha encontrado en el camino de la vida. Aquellas personas con las que hemos compartido charlas, risas, enojos y deseo. No hablo de amigues, de amores, de amantes, ni de parientes. Hablo de encuentros. Sin protocolos, legados, herencias, ceremonias. A veces, sin siquiera una lengua en común. Pueden durar trechos más o menos largos. Algunos ínfimos y milagrosos como lo sucedido con el bajista de Tim Maia. Personas que, como luciérnagas (o taka taka), flotan luminosas alrededor tuyo en los anocheceres de verano. Otras que – a veces con intermitencias – están presentes a través de sus ausencias. Aquellas que a la distancia te guiñan el ojo sonrientes y vaporosas. Las que sabés que están aunque no las veas. Las que abrazás. Las que extrañás. En fin, las que justifican, de alguna manera, este estar en el mundo. Un solitario como yo no puede dejar de agradecer ese instante en donde una sonrisa, un brillo en los ojos, abre un portal hacia un mundo nuevo, de inesperados paisajes y vertiginosas sensibilidades.

¡Qué tengan un buen fin de año y mejor comienzo del que se viene!

(Por si acaso, voy a llamar al administrador.)

Café Azar

En los finales de un año que fluyó como una montaña rusa 

(¿o ruleta? ¿o ensalada? ¿O muñeca?).

2022,  por si quedan dudas.

Posadas, Misiones, RA.-


Sueños (sánguches de miga)

Este es otro texto a pedido, por encargo. Fue Diego Romero, amigo e integrante del programa de radio El otro sol, quien me invitó a participar con un texto que refiriera al tópico de los sueños. Esto fué lo que surgió.

Little Nemo in Slumberland

El primer sueño que tuve, o al menos el que recuerdo, es – en particular – una pesadilla. 

Estoy solo, es de noche en una calle de tierra, en Santiago del Estero, frente al almacén de ramos generales de mi abuela. De lejos, a mi derecha, la luz de una locomotora, tal vez la Estrella del norte, se acerca sin pausa hacia donde estoy. Me siento caer. No puedo evitarlo. Como los sandwiches de miga, el tren viene hacia mi. Desesperado trato de trepar pero la tierra se deshace en mis manos. Justo antes de ser arrollado, caigo en un lugar oscuro, una extraña mezcla de terminal de trenes y laboratorio. Tiempo más, tiempo menos, el estado onírico se despeja y ahí estoy yo, despertándome. Tuve ese sueño durante muchas noches, incluso podía llegar a repetirse un par de veces al volver a dormir después del suspiro angustioso que cerraba cada flash. 

Nunca supe a ciencia cierta si ese viaje, ese estado alterado, pudiera ser interpretado en términos de suerte, de destino o de diván. Otros sueños, con el tiempo, ocuparon mis angustias, mis deseos, mis interrogantes. En algunos aparecían personas con nombres propios, caras conocidas, cuerpos anhelados, paisajes y lugares levemente reconocibles. En esos sueños sentía el detalle, el primerísimo primer plano de unos labios húmedos de rojo profundo en los que solía perderme, miradas transparentes – y firmes – que me interpelaban, amorosas y sensuales espaldas que se ofrecían y se fundían, se confundían, con una ventana de vidrios rotos espejados cayendo muy cerca de mis pies descalzos. Así se nos revela el sabor de lo inevitable, la dulce y exótica atracción que el abismo genera, la errática desorientación de quien ve, siente y forma parte de una existencia espectral.

Aprendí a dejarme llevar por los sueños, a disfrutar su gramática azarosa, sus significaciones muchas veces inapresables (e inapelables). Atrapado en un mundo tan conocido como extraño que no deja de sorprenderme. Como los espejos, los sandwichs de miga, las chicharras en las tardes de verano, los orgasmos y esa breve reverberancia psicodélica con la que se inicia y finaliza el tema de Pappo y Machi Rufino, la aventura onírica viene, paradójicamente, a despertarnos (atontados y aturdidos).

Café Azar

En una Posadas onírica

de fines de octubre de 2022

Misiones, RA . –

He aquí la grabación:


Sensación de presencia, epifanía doméstica.

Ph: Café Azar

Salía distraído del baño, hacia el pasillo – que une (o separa) las habitaciones – cuando sentí el impacto de otra persona. En segundos, en menos aún, desapareció, se diluyó en el aire como si nunca hubiera estado, hubiera sido, se hubiera potencialmente materializado. El impacto fue cortante y tardé un tiempo en darme cuenta que seguía solo como lo había estado hasta ese momento. Ese algo, ese alguien espectral y huidizo, me había sacado de mi distraído transitar por la casa.
La rápida transición entre el flotar apenas indiferente y un estado de vigilia y alerta me conmovió alterando el monótono paso entre habitaciones y luminosidades. Perdido y confundido “tanto tiempo que no es cierto” (cantaba – gemía – Robert mientras Jimmy dejaba caer las notas como heridas en la cadencia del bajo de John Paul y el golpe crudo y duro de John). Un instante de lucidez producto de un intercambio neuronal. Una proyección falsa – aunque – como tal, verdadera. Trastornó el rumbo de itinerarios rutinarios sorpresivamente, sin aviso, como debiera ser. La imagen se desglosó entre la materia y la percepción. Un estado alterado de módica cotidianeidad. Sólo con las sustancias que el propio cerebro produce. Una manera inconsciente de modificar el punto de encaje. Un tropiezo interpretativo que nos abandona apenas intuimos aquello que en los sueños percibimos sin filtros, ni gramática.

Ph: Café Azar

Tres links de referencia.

El encuentro con el otro, o conmigo, fue en la adormecida lucidez de «Los ojos ciegos bien abiertos» (Beilinson y Solari dixit). Borges afirma – en El otro – que en el sueño se olvida y en la vigilia la memoria queda prendida como una garrapata que atormenta la piel de los recuedos. No puedo olvidarme de ese instante impreciso y aleatorio. «A cosas de nuestra alma vigilia llama sueños. Pero hay de ésta también un despertar que la hace ensueño: la critica del yo, la Mística.» (Macedonio Fernández).

En ese atontado devenir, en esa clara y despabilada dejadez, desdoblado y descentrado, sentí el crossover personal cruzar las fronteras de la percepción. No fue un sueño, fue el ensueño sutíl y esporádico de una tarde calurosa de invierno. El resplandor de una tormenta apenas perceptible. Ínfima, inolvidable. Fue un rayo mental, un simple y mínimo estruendo, para que el abismo se desplegara en una doméstica y efímera epifanía.

Fue cuando salía sin pensar del baño, en el pasillo que une (o separa) las habitaciones.

Café Azar

En la noche del 30 de julio (2022)

Posadas, Misiones, RA.-


Pausa (para encontrarnos)

Es tu cuerpo, el mío, encerrado en imágenes.

Atrapado en la mirada fría y distante de quienes levantan pulgares y odian sin filtro.

Palpitan los bits, parpadean cegados de neón.

Tu mente – la mía – se adormece y flota confundida.

Perdida, en espejos que deforman sus reflejos.

Tu cuerpo retratado al infinito en historias efímeras.

Rostros radiantes transpiran sueños, angustias y alegrías.

Ya no.

Canción (estrofa):

Dedos que tocan la pantalla fría,

ojos que brillan opacos.

Cuerpos sin contacto,

Inmóviles, ahogados, en vida.

Perdiste – perdí – la magia que eriza tu piel sin un porqué.

Desconsolados, los cuerpos en sequía.

Vamos tras aquello que humedecía nuestros ojos, nuestro sexo, nuestra boca.

Encerrados brillamos – iridiscentes y velados  – en las pantallas.

Vos. Yo. Nosotros.

Así vamos – sin sentir –  soles y lluvias.

Despojados de orgasmos y sensibles oasis donde encontrarnos.

Canción (estrofa):

En un desierto de caricias

Lejos del goce y el temblor

Nos perdimos en el fulgor

Expulsados de las delicias.

¡Esperá! (Un poquito más)   

Te propongo desconectar la adrenalina virtual.

Empezar a vivir, sin pensar, nuestro mundo imaginario.

Los portales de la mente, los colores personales.

El deseo hecho sangre, músculo y fantasía.

Que lo táctil sea la piel, o el aire, o todo aquello que tiemble, se mueva, se queme al contacto. Gozo presente y eterno gozarnos.

Descubrirte, desnudarte, en el instante.

Acoger el dolor y fluir en la alegría.

Canción (estribillo):

Una pausa, 

encontramos,

sin pensar, sentir,

suave la piel rozar,

fluir en las varias

formas del gozar.

Vivir es sentir,

amor y dolor

Camino sin rumbo

Besos sin (un) fin.

Ser personas en las infinitas maneras de serlo.

Abrazarte, abrazarnos, respirar, encontrarnos.

¡Y publicarlo!

(Cuadro de situación: en diciembre de 2021, Laura Romero, directora del Ballet Folklórico Municipal de la ciudad de Posadas, me sugirió que escriba un texto sobre la proliferación de relaciones virtuales después de dos años de pandemia. La idea era crear un texto que sirviera de referencia conceptual y poética para el desarrollo de una coreografía que presentaría el mencionado ballet. A principios de este año se empezó a trabajar en el proyecto con un equipo integrado por Osvaldo de la Fuente (músico), Tiki Vangeli (coreógrafo), Gerardo Díaz (coreógrafo) y Laura Romero (directora general del Ballet). El miércoles 24 se presentó Pausa en el Teatro Lírico del Parque del Conocimiento. Hoy – día internacional de la danza – quiero compartir el texto «original» (las comillas dan cuenta de las múltiples correcciones), algunas fotos de la presentación y la música grabada por el maestro Osvaldo de la Fuente. Quiero agradecer a Laura Romero, Gerardo Díaz, Tiki Vangeli, Osvaldo de la Fuente y a todes les bailarines del Ballet por dejarme ser parte de esta maravillosa propuesta estétética poética y musical que es Pausa).

Bailarines:

Matias Acevedo
Iván Gimenez
Bruno Villagra
Exequiel Delgado
Héctor Mantulak
Ariel Rodríguez
Nahuel Antúnez
Germán Stupka
Orlando Vilca
Alejandro Galeano
Catriel Ocampo

Karen Báez
Milena Báez
Emilia López
Fiorella Rolón
Narela Fernández
Anahi Osorio
Micaela Sandoval
Micaela Araujo
Gabriela Vega
Evelin Maman Orfali
Priscila Marcenaro

Coreografía:
Tiki Vangeli

Vestuarios y producción:

Norma Ramirez
Hugo Viera De Amaral
Lucas Carnero

Iluminación:

Carlos Blanco

Música
Osvaldo de la Fuente

Café Azar

29 de abril de 2022

en el día internacional de la danza

Posadas, Misiones, RA.-


“Chica ¿qué dices?”: Rosalía, una motomami

Advertencia inicial: este texto no hubiera sido pensado y escrito sin la entrevista a  Rosalía  y análisis de Motomami que publicara Jaime Altozano en YouTube, los análisis de José M y Julieta Wibel en la misma plataforma y la escucha en loop del disco Motomami desde que salió a la luz.

Motomami es una energía, una energía femenina y poderosa que contiene en su interior lo más duro y la fuerza creadora de la mujer. Rosalía, la cantaora catalana, surfea entre géneros, estéticas, homenajes y referencias en una obra conceptual en tiempos de fragmentos llamados singles que pululan en las  plataformas del streaming musical. El concepto es la transformación. Es la mariposa que en la imagen de portada  parece un grafitti escrito con sangre – o un labial corrido –  ya no sobre una pared, sino sobreimpreso sobre el cuerpo desnudo de Rosalía que se recorta sobre un fondo blanco. Las manos tapando el pubis – un tachón de birome sobre esta mano –  y los pezones, la cabeza cubierta con un casco y el nombre escrito debajo de los pechos con la misma lapicera que tacha la mano. En el muslo, un tatuaje: una liga. Body sign action (1970) es un tatuaje que se hiciera la artista feminista Valie Export rechazando los valores patriarcales que configuran lo femenino como pasivo. «Lo llevaba para decir algo así como ‘yo decido cuándo me sexualizo y cuándo no» dijo Rosalía a Pablo Motos el programa El Hormiguero.

Motomami es un álbum como los viejos larga duración de 33 rpm. Lo que en la industria discográfica comenzó como la suma de singles editados previamente por intérpretes y autores que – como apunta Dietrich Diederichsen en Psicodelia y ready-made (Adriana Hidalgo editora; CABA; 2018) – representaba el trabajo reciente de aquellos, terminó transformándose en un objeto aurático (a pesar de su producción masiva) que funda un nuevo género visual. No sólo eso, esa escultura minimalista negra que surgía del embalaje también tenía un desarrollo conceptual que estaba plasmado en el orden en el que estaban distribuidos los tracks. Si bien la forma de escuchar música grabada se ha modificado en los últimos años con la aparición de los nuevos soportes y plataformas de streaming (y previamente con los archivos de mp3 que circulaban en servicios de distribución ilegales) conformando escuchas parciales o muy específicas, Rosalía ha sabido mantener en sus tres álbumes el carácter conceptual de cada uno. Quiero decir: Motomami (2022), El mal querer (2018) y Los ángeles (2017) son obras musicales que – preferentemente – debieran ser escuchadas completas y en el orden en que se presenta la playlist. Cómo en los long play, poner la púa en el primer tema y dejar correr el disco.

Por eso, ahora, play a Saoko.

“- ¿Chica, que dices? Saoco, papi, saoco”. Se escucha al comienzo de la canción y un platillo de batería jazzera va marcando el compás. La voz se va deformando, se hace aniñada. Saoco es referencia y homenaje a Wisin y Daddy Yankee que además tendrán una respuesta en otro track. El beat pecusivo del reggaetón se suma un piano filtrado y distorsionado. En este tema – plantea Jaime Altozano –  están todos los recursos que van a ser utilizados en el álbum: drumns agresivos, filtros, voz desnuda, sin reverb ni armonías (aunque a veces filtrada y autotuneada), chops (cortes rítmicos de sonidos sampleados), la técnica del collage y la producción minimalista. La letra habla de la transformación, de los cambios, de esa metamorfosis ambulante que cantaba Raulzinho. Dice, en el coro: Yo soy muy mía, yo me transformo / Una mariposa, yo me transformo / Makeup de drag queen, yo me transformo / Lluvia de estrеlla’, yo me transformo / Pasá’ de vuelta, yo mе transformo / Como Sex Siren, yo me transformo / Me contradigo, yo me transformo / Soy to’a’ la’ cosa’, yo me transformo. Esa transformación permite combinar lenguajes, estéticas y poéticas. El espíritu de Monk parece iluminar el sólo de piano. Saoco es jazz, punk y reggaetón.

Candy, la de Rosalía, – no la de Plan B – es una balada sobre una relación que ya no es. Lo que era, aunque fuera, ya no es. La marca, Fendi; la música el reggaetón de Plan B. La voz en primer plano, un teclado filtrado. Una suerte de efecto bokeh que deja nítida la voz mientras que el sinte y el beat apoyan en forma espectral la canción.

La fama es una bachata cuyo ritmo está marcado por los chops de su voz. Un tema que reflexiona sobre la fama y el diablo que te susurra en tu mejor momento dice Will Smith que le dijo Denzel Washington. La participación de The Weeknd cantando en castellano con un autotune explícito y sutilmente desgarrador.

En Bulerías deja sentada su posición ante las críticas que ha recibido ante cada nueva propuesta. En el tema asume origen de cantaora flamenca como también sus influencias que provienen de otros mundos y otros lenguajes: “Que Dios bendiga a Pastori y Mercè / A la Lil’ Kim, a Tego y a M.I.A / A mi familia y a la libertad / Ay, quítate, quítate, quítate tú de en medio / Que tú sabes que yo te canto al siete por medio.” Deconstruyendo el sonido del palo de las bulerías, Rosalía deja en claro su apuesta al riesgo creativo.

Chiken Teriyaki es un reggaetón minimalista según la precisa definición de Jaime Altozano. Un divertimento para bailar, pero contrabandea postales de Nueva York y referencias – nuevamente – a la fama: “Y sí, la fama e’ una condena / Pero dime otra que te pague la cena / Me están tirando sombras como drag queen / Chula como Mike Dean.”

Hentai es una de las baladas más bella, sensual y poética de Motomami. Una progresión de acordes escritos por Pharrell Williams, una melodía potente y extraña y una letra sexual y simbólicamente brillante. Cómo en el animé porno, las líneas son explícitas sin serlo. Palabras como dibujos. Metáfora pura y cruda. Algo de humor y misticismo. De eso también se trata el sexo. “Te quiero ride como a mi bike / Hazme un tape modo Spike.” Spike Jonze, director de películas como ¿Quieres ser John Malcovich) (1999), El ladrón de orquídeas (2002), Donde viven los monstruos (2009) y Her (2013), además de videos musicales para Bjork, Sonic Youth , Bestie Boys y Kanny West entre otros. La canción rezuma esa extrañeza, esa tensión entre la melodía delicada, la letra explícita (y a veces irónica)  y los drumns de reggaetón que van apareciendo al final del tema. Lo épico. Tan bueno.

“Yo no soy y ni voy a ser tu bizcochito…” canta en Bizcochito. Y acá está la respuesta al tema Saoco de Wissin y Dady Yanquee. Una canción de empoderamiento, de conciencia y fiesta. Todo puede combinarse en el universo de Rosalía. El estribillo, pegadizo y feliz, se escuchará más de una vez en redes sociales y – porque no – en calles y festejos.

G3N15 es una balada nostálgica escrita en pandemia, dedicada a un sobrino preadolescente: Un órgano (¿Hammond?) filtrado sostiene la canción mientras la letra no repara en descripciones crudas del momento de soledad, aislamiento, distancia y otredad que está vivenciando. “Hay picos en los brazo’ / Picos en las estrellas / No quiero traerte / Pa’ que nunca vengas / Pico en las estrellas / Hay picos en los brazos / Se amarran cuando hay frío / Como yo te abrazo.” El tema termina con un audio de la abuela – en catalán – donde le dice que primero está dios, después la familia y que donde Rosalía esté, si está feliz, ella también lo estará. De fondo la música de un reloj antiguo.

Motomami, el tema, dura un minuto y un segundo. Suficiente para escribir una de las líneas de bolero más certera y contundente: “A cada copia que ves / Tú dale tu bendición / Y ya no quiero competir / Si no hay comparación.” Bolero total, energía femenina poderosa e implacable. Motomami. Motomami. Motomami.

Diablo es otra vuelta de tuerca sobre la fama y las exigencias de los primeros fans: Una voz aniñada dice que ya no es la que había conocido. En el verso, la voz de Rosalía responde: “De la noche a la mañana, no es que yo cambié / De la noche a la mañana, mi vida se me fue.”  En un juego propuesto al programa El Hormiguero, la cantante salió a la calle a preguntar sobre Motomami disfrazada. Una señora le dijo mirando la tapa del vinilo, y sobre sus uñas, “es de bruja”. Diablo retrata eso. El pacto con el demonio de la artista con la industria, un Fausto femenino que concede ante el mainstream. En una vieja entrevista, cuando Rosalía recién empezaba y estaba presentando Los Ángeles, dijo que su sueño era hacer buena música, que llegara a mucha gente. Y, además, cantar con James Blake. Aquí, en Diablo, el puente lo canta justamente él. Dice: este debe ser otro lado de mí, estás corriendo hacia la luz, es noche y día. Los logros y sus costos, la mirada que juzga de los demás. Ser el diablo (“no se ni quien eres”).

Delirio de grandeza es un bolero escrito por Carlos Querol y popularizado por el cantante cubano  Justo Betancourt. Sampleando, acelerando  y filtrando el acompañamiento orquestal original del tema,  la cantaora se pone el traje de las grandes cantoras de boleros y vuelve sobre la cuestión de la fama y sus delirios. Justamente es el tema que interviene entrelazándose y quedando como base: ‘Delirious’ de Soulja Boy.

CUUUUuuuuuute el décimo segundo tema de Motomami. Y es, en su estructura, pura libertad. Comienza con una enumeración cantada cuyo origen está relacionado a un artista de Tick Tock, You Tube e Instagram llamado @soytiet. Esto da pié a un samba frenético e industrial y bailable que en el puente se detiene en una melodía vaporosa. Mantener la elegancia y la belleza a pesar de que todo parezca derrumbarse.

Como un G es una balada de ambientes de confesión, ausencia y despedida. El piano va generando acordes mántricos en las manos de James Blake.  “Como un G de verdad, sin guardaespaldas voy por ahí (Jura’o, como un G) / Que yo mato, que yo mato y mato por ti (Jura’o, como un G) / Cantándote baladas por la madrugada / Quién me lo iba a decir (Jura’o, como un G)” 

Abcdefg.  Un abecedario, un mapa, una cartografía que configura el universo de Motomami.

La combi Versace con la participación de  Tokischa va sobre la marcas, las fake marcas, el barrio y la referenci a la salsa: “OG party con la Fania (Jerry Masucci) / Jangueando con salseros (Tito, Willie) / Bendicen toda’ mis canciones / Para que tú te enamores.” Las idas y vueltas de la noche y la fiesta en un reggaetón bailable y expansivo. La participación de Tokischa me remite a la polémica generada  cuando José (J. Balvin) publicó un video con un tema de autoría la cantante dominicana donde se reivindicaba el goce femenino desde cierta cosificación y animalidad. El goce y el deseo no saben del pensamiento políticamente correcto. Las cláusulas del pacto sexual entre adultos varían entre quienes las consienten. El perfil político de Motomami está claramente enrolado en la mujer que goza y se divierte sin importar los modos y las formas. Mejor, eligiendo los modos y las formas. Sin prejuicios ni mandatos.

Sakura (la flor del cerezo) cierra Motomami. Flor efímera como la vida de una popstar. Cómo la vida. “La que sabe, sabe / Que si estoy en esto es para romper / Y si me rompo con esto, pues me romperé / ¿Y qué? / Solo hay riesgo si hay algo que perder / Las llamas son bonitas porque no tienen orden / Y el fuego es bonito porque todo lo rompe.” El artista y su condición de precariedad ante el público. Los aplausos claramente envasados que se escuchan al inicio y final de la canción dan cuenta del simulacro que puede ser la fama. ”Flor de sakura / no me da pena, me da ternura.”  Reflexión final sobre todo ese mundo desplegado en cada una de las dieciséis canciones.

Transformación, motor (y deseo)  femenino son los conceptos que articulan Motomami. Otros temas como la fama, las relaciones perdidas, la distancia y el aislamiento se van colando en cada una de las canciones. Según Rosalía: “Para mí este disco es un diario personal, es honesto de principio a fin. Puedes ver muchas de mis referencias ahí. Hay muchas vivencias escritas ahí. Reflexiones sobre la transformación, la celebración, el desamor, la espiritualidad, la sexualidad. Dando cabida a todo eso. Todos esos temas puestos al mismo nivel.”

 La música de Motomami abreva del reggaetón, el flamenco, la salsa, el samba,  y el electro pop entremezclados con total libertad y creatividad. “La música siempre es una metáfora. Un significante abierto, un material invisible totalmente maleable” escribe Paul D. Miller en La ciencia del ritmo (Dobra Robota Editora; CABA; 2020). Más adelante agrega: “El sampling es una nueva forma de hacer algo que existe desde hace mucho tiempo: crear mediante objetos encontrados. La rotación se vuelve espesa. Las restricciones se debilitan. El mix se libera de las viejas asociaciones. Nuevos contextos se forman a partir de los antiguos contextos.”

La música es un lenguaje. A través de ella se pueden crear mundos de condición áurica. Estéticas y poéticas originales que abrevan de los sonidos que circulan en el mundo. Hacerlo requiere salir de las zonas de confort, de lo ya probado, y saltar a un abismo donde la incomprensión, la indiferencia y el reconocimiento son tan probables como efímeros. Cada paso dado por Rosalía ha sido – sin dudas – un salto creativo y arriesgado. El hecho de estar integrando el mainstream no ha cambiado, por lo que pudimos ver, su sensibilidad y su compromiso con el arte. Una motomami, sin dudas.

PD: Cuando te digan que el reggaetón no es música, o que no es creativo, sólo sonríe,  suelta tu risa y di como el Joker (mientras empieza a sonar “That`s life” en la voz de Frank Sinatra): “¡No lo entenderías!”

Café Azar

Abril de 2022

en Posadas, Misiones, RA, –


Atmósfera de los setenta y bossa nova en Posadas: Toquinho & Camilla Faustino

Espectro de los setenta

Comienza como un susurro (después estalla) . Voz e violão. Así fue la génesis de la bossa nova en los atiborrados departamentos de San Pablo y Río de Janeiro. Así también, Toquinho apareció mientras tocaba su guitarra hasta el centro del escenario del Auditorium Antonio Ruiz de Montoya en esta capital de provincia entre fronteras. Con el desparpajo y el aura de la atmosfera creativa de los años setenta, medio sigo después. En poco más de media hora parte de la cultura musical que revolucionó las estéticas rítmicas, melódicas y armónicas se materializó en un ritual único e irrepetible. Toquinho supo condensar el acervo de la canción y la música qué perfiló a Brasil a nivel internacional. Joyas que brillan en eterno presente con su frescura y sensibilidad.

Toquinho iluminado

En uno de los tantos vivos vía streaming durante la pandemia, Toquinho explicaba su concepción sobre la música y el surgimiento de la bossa nova. Según decía la música es un lenguaje universal y lo que  compositores e intérpretes crean puede ser leído e interpretado según las referencias estéticas que conforman una atmósfera. La sonoridad creada por João Gilberto alimentó a una gran cantidad de artistas que desarrollaron y desplegaron esa atmósfera. El ejemplo de esa afirmación – contaba afable Toquinho – era la canción “Como dizia o poeta” compuesta sobre un adagio de Tomaso Albinoni con letra de Vinicius de Moraes y música de Toquinho.  Esa atmósfera, una noche de 2022, se respiró en un escenario posadeño.

Cuerdas que vibran, nirvana personal

Primero como solista desplegando su cadencia y su charme, dibujando fraseos íntimos con la voz que murmura melodías delicadas y ese toque que hace que cuando las cuerdas de la guitarra comienzan a vibrar, parecen – en su sonoridad – tener la firma de Toquinho.  Después la voz de Camilla Faustino, que antes de pisar el escenario, se la escucha cantando Se todos fossem iguais a você, aquella canción que formó parte de los registros históricos de La Fusa en Argentina. En la tradición de las grandes cantoras brasileras, la intérprete de Goiana, se inscribe con marcada personalidad y exquisita musicalidad.

Camilla Faustino & Toquinho: Gracias a la vida

La lista de temas – que caían como misiles cargados de emoción – se centró en el núcleo duro de la bossa nova. Vinicius de Moraes, Tom Jobim, Baden Powel y – por supuesto – João Gilberto (después el silencio, como bien apuntó Caetano Veloso). Por fuera de la bossa nova, el homenaje a Humberto Teixeira y Luiz Gonzaga  con una versión instrumental de Asa Branca. “Brasil tiene tantas músicas y paisajes que a veces me siento un turista, dijo Toquinho, antes de presentar esta canción de mediados de los años cuarenta sobre la vida en el sertão. La mención a Chico Buarque, parceiro y amigo de años con el que supieron componer el Samba para Vinicius: “Que a vida não gosta de esperar / A vida é pra valer, / A vida é pra levar, / Vinícius, velho, saravá.” También hubo un tiempo para linkear con la música argentina y latinoamericana. Carlos Gardel (El día que me quieras)l y Violeta Parra (Gracias a la vida en una comprometida y desgarrada versión en la voz de Camilla Faustino).

Camilla Faustino & Toquinho: «Não quero mais esse negócio / De você viver assim.»

Mi sensación al escuchar esas canciones fue la de estar respirando una atmósfera que trascendía la bossa nova y se expandía a las reverberaciones que en el aire se vivían en la década del setenta. De La Fusa al sello Trova, del Centro Editor de América Latina al Bar La Paz, al mundo dado vuelta, cuestionado por una juventud arrasadora. Los discos en el Winco, Quilapayún y Santa María de Iquique, Huerque Mapu y Daniel Vigletti. Ese portal se abrió más allá de los posicionamientos políticos que con el tiempo el mismo Toquinho fue asumiendo. Si  los sesenta fueron los años de la expansión de la conciencia, los setenta fueron los del compromiso vital, los de patria o muerte, los de la teología de la liberación y la opción por los pobres y la lucha cuerpo a cuerpo con el poder.

Camilla Faustino & Toquinho

Parte de esa atmósfera espectral, durante  una hora y media, se respiró y vivió en  aquellas melodías, cadencias y poéticas en las cuales la belleza desafiaba un mundo que había que transformar. El futuro, como decía el cantor: «Não tem tempo, nem piedade / Nem tem hora de chegar

Y eso parecía estar al alcance de la mano, de un fusil, de una palabra.

Café Azar

24 de marzo de 2022

Día de la Memoria , la Verdad y la Justicia

Posadas, Misiones, RA: –


Ramón Ayala: viaje psico, testimonial y vegetal

Noventa y cinco años cumple el maestro (hoy, diez de marzo del año dos mil veintidós). Su aura brilla cada vez que cada una de sus canciones, sus pinturas o su poesía sale a la luz. Vuelven a sonar, a iluminar, a señalar el sendero del paisaje de la psicodelia abismal e inasible. Sobre Ramón Ayala, el Mensú, estoy tanteando estas palabras. Con su aniversario aparece en las plataformas de streaming musical su primer álbum: Viaje vegetal. Grabado en el año sesenta y tres, nueve canciones y un arte de tapa tan personal como maravilloso. Paisajes íntimos de fina factura y sensible devenir. Psicodelia local, alucinaciones de impecable precisión y explosivas metáforas que aturden de belleza lacerante y asombrosas fractales de diminuta y trabajada exactitud.

El año pasado, ya lo había hecho. Un diez de marzo había publicado en las plataformas: Monte Adentro. Grabaciones encontradas del catálogo de Music Hall recuperados por el Instituto Nacional de la Música (INAMU). Entre las catorce canciones que componen esa obra hay tesoros que estuvieron escondidos mucho tiempo. Una canción compuesta en parcería con Gilberto Monteiro : Para ti Guría (en donde suena el sabio bandoneón de Chaloy Jara). Panamby Hovy  (“Panambí Jovhé / Revevé rejhovo / Que volando vas / En mi corazón / Milagro de luz.”). Un retrato crudo, melancólico y espectral de la guerra, los fantasmas que habitan en una casa junto al río.

“Casa enclavada en el tiempo / con ruidos de otras eras / cuál si por sus muros fuera el destino. / Tu imagen en los añares / trae las voces perdidas / con rostros de extrañas vidas, en delirio. / Mujeres, niños, abuelos / que partieron, que no existen / y regresan por tus lindes / con sus gritos.” (La casona y el río, Ramón Ayala)

También forma parte de ese material la primera grabación de la canción registrada como  El Gualambao, un registro de mil novecientos cincuenta y nueve, y  Cocoriché (“Voy vestido de oro y plumas / en mi ser canta la flor / soy marrón como el silencio / con palabras de ilusión.”).

Viaje vegetal – publicado hoy en las plataformas digitales – comienza con La vertiente. “Solita, en la penumbra verde del monte, libra sus pájaros de espuma, la vertiente.”. Sólo esta frase, a la manera de  un creativo e iluminado fake haiku, da lugar a la guitarra que describe y relata un paisaje de selva y agua que brota desparramando brillos y reflejos que brotan de la profundidad de una tierra salvaje.

Después los trabajadores que dan la vida, la sangre y la palabra en un tiempo de explotación y sacrificio. El hachero, El Cachapecero, El jangadero y El Cosechero. Cuatro canciones que retratan al hombre que se debate entre la inmolación, la resignación, la magra esperanza y el desafío.

El túnel verde del monte llevando el cachapé de ruedas grandes, el Jangadero como una rara flor del agua, río abajo y el cosechero del algodón perdido Chaco adentro, crecieron en mí, con la necesidad de realizar este primer disco, este canto redondo al litoral, a sus caminos de tierra colorada, a sus hombres anónimos con los que he compartido horas, tomando sus imágenes y sueños en la canción a la pintura, a la sinuosa anaconda del Paraná llena de ranchos ribereños, pescadores y guricitos, piernitas chorreadas y ojos profundos. Para ellos, para la gente simple de mi tierra, pero llena de luz, va este homenaje de “guitarra y cantoescribió Ramón Ayala para presentar esta remasterización de su ópera prima.

Hachero “no olvides que el árbol pudiera llorar / la tierra de hoy, tu sangre te da” dice en la canción El hachero con letra de Soledda Legar y letra de Ramón Ayala. Después, unos arpegios ominosos reverberan para el relato de un viaje final: “Y va encendiendo la floresta el chicotazo al estallar / Y es una música doliente por la agreste soledad / Camino y carro van marchando y al rodar van despertando / En el hombre todo un mundo de ilusión.”  Flota, la música flota, y las palabras van relatando – en inspirada melodía – la travesía arriesgada del jangadero. “La marea prende en los juncos / un grito de espuma, cuando el río brama violento / como un viejo puma / y es el jangadero una sombra / perdido en la bruma.” Un rasguido doble va meciéndose contando y cantado la esperanza golondrina del cosechero,  “Un ranchito borracho de sueños y amor quiero yo.” La esperanza que alimenta el sacrificio de los trabajadores de la tierra es el horizonte hacia donde van, golpeados, maltratados, envueltos y visibilizados  en una justicia poética los personajes de las canciones de Ramón Ayala. Ellos son como Adán García de Rubén Blades, Hattie Carroll de Bob Dylan y Homero de Pity Álvarez, espectros que denuncian la crueldad de un sistema y ejercen su compromiso vital con la integridad.

Después, Ramón, nos cuenta la historia de Irupé. Vieja leyenda de origen Mbya, Muchacha enamorada de la luna vio su reflejo en el río, y este – tal vez –  enamorado de ella se la llevó. “Y en su lecho de barro, / peces de plata, / con brazos de agua la acariciaban / mientras la muerte los acechaba” canta el trovador  sobre la novia vegetal.

El gualambao viene a marcar el origen, el lugar desde donde se inicia el viaje sideral del verde misionero. Trae la canción y la poética de ese paisaje alucinado de brumas, reflejos y embrujos que flotan inasibles y sutiles en el aire. “Soy de la selva virgen / vengo de la frontera / zumo de los naranjos / mojados de sueños / traigo para ti.

En El Moncho la palabra es en primera persona. A la manera del gran Mario Millán Medina se escucha la voz del hombre correntino. Sus formas, sus modos de decir. Ramón Ayala en coautoría con el músico de Villarrica – Paraguay – Prudencio Giménez escribieron este arraigado chamamé. Clasico en el repertorio de Don Ernesto Montiel. Ramón lo envuelve de guitarras que con su cadencia van marcando el rítmo y la melodía chamamecera que se conjuga con el fraseo cantor,

Cierra este viaje vegetal otro homenaje al trabajador de la selva profunda. Música de ese mágico melodista como lo fue Vicente Cidade y letra, iluminada, de Ramón Ayala. Canto al hombre que dio – y da  – su vida poniendo su cuerpo en la explotación extractivista de la planta de la yerba. Naturaleza y hombres violentados por fines de acumulación. “Rumbeando pa San Ignacio, / toda vestida de yerba / vi pasar a la galopa / con un dolor en la boca, / ensangrentada de tierra…”  recita Ramón aunando el testimonio y el género. Y otra vez, la esperanza: “¡Neike! ¡Neike! / El grito del capanga va resonando. / ¡Neike! ¡Neike! / Fantasma de la noche que no acabó. / Noche mala que camina hacia el alba de la esperanza, / día bueno que forjarán los hombres de corazón.” Una noche, la de la explotación del trabajador, que no termina aún en el utópico amanecer.

La canción popular, sus creadores, siguen siendo quienes rasgan el velo que oculta las formas y las maneras de la desigualdad. Sus poetas, sus músicos, saben de la riqueza de los lenguajes, que el poder es literal y la resistencia, poética. Como las brujas en el medioevo, como los chamanes y sus medicinas ancestrales, como los alquimistas impredecibles y alucinados los artistas crean las canciones – apuntan – y abren nuevos sentidos.

Vaya esta reseña como un feliz cumpleaños y un sentido agradecimiento.

Café Azar

10 de marzo de 2022

Posadas, Misiones, RA. –


Sobre Moris

En enero del 81 (hace 41 años) decidí dejar el barrio de la infancia y la adolescencia para venir a Posadas. Tenía 18 años. Hacia el fin de ese mes tomé el tren que me traía a este lugar desde donde hoy escribo estas líneas. Preparé una muda con unas pocas ropas, algunos libros (una compilación de poemas de Raúl González Tuñón) y tres cassettes. Uno de música uruguaya: Alberto Wolf, Darnauchans, Jorge Lazaroff entre los que recuerdo. Otro con un recital de Almendra en Montevideo que habían pasado por una radio uruguaya y lo había grabado durante unas vacaciones familiares. Y uno, de sesenta minutos, con 30 minutos de vida de un lado y Ciudad de guitarras callejeras del otro, los dos primeros discos de Moris. Comprimidos, claro. Un puñado de canciones que trascendían y trascienden el formato canción como para quedarse tatuadas en mi memoria emocional. El fraseo, las letras y el sonido crudo, urgente y salvajemente poético. Algunas de esas canciones: Ayer nomás, Esto va para atrás, En una tarde de sol y la premonitoria y actual Escúchame entre el ruido. En el segundo disco: Mi querido amigo Pipo, Muchacho del taller y la oficina (sin dudas nuestra Desolation Row) y De aquí, ¿A dónde iré? Una debilidad personal es Te tocarán el timbre. La asocio al mundo beat y yonqui (el de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, mucho antes de Bukowski) y que en estos tiempos de pobreza metafórica y lecturas literales seguramente sería cancelada. Se escuchaban en esas grabaciones, hechas con el micrófono del radiograbador Ranser ante los parlantitos del Winco, los ladridos de Trixi, la perra salchicha que formó parte de la familia durante muchos años.


En esa época, antes de viajar, había conseguido Fiebre de vivir, el disco grabado en España. Con los amigos hacíamos lo imposible para conseguir escuchar el Rock del portal, tema que la dictadura argentina había censurado en la edición argentina. Un tema de sexo puro y duro con gemidos incluidos al final (al acabar, mejor dicho). Alli había canciones potentes, el rock primal de Carl Perkins o rocanroles en formato raw que – junto a Tequila – le abrieron paso a Moris en los escenarios hispanos. El porteño exiliado que se detuvo a describir Madrid y ver la ciudad sin fin para en un nocturno de princesa decir: “Y escribo y describo lo que voy mirando / los Beatles ya viejos mirando a la gente / mil flores de plástico, un disco fantástico / Drácula que mira a King Kong con ira / y el Che Guevara gira que te gira.”


Por eso cuando Augusto González Polo me mandó el link con el documental y el registro del Homenaje realizado en el CCK a Moris con (y por) Antonio Birabent más la participación de Ricardo Mollo y Litto Nebbia no pude contener mi emoción, apenas disimulada con unos stickers de agradecimiento. De sólo pensar que el realizador cuya mirada nunca deja de sorprenderme por su poética y sutileza aúrica había tomado las riendas de contar y plasmar en imágenes el universo creativo de Antonio y Moris movilizó mis expectativas más profundas. Con lágrimas en los ojos vi el documental y el show y pensé (y sentí) que existe – y es posible – una justicia artística.


Cómo tantas veces: a Moris, a Antonio, a Ricardo, a Litto, a Augusto. ¡Gracias!

Café Azar

con el ventilador a full a mediados de un enero posadeño,

Misiones, RA ._


Reverberaciones

Poética y música de Gastón Nakazato

Las cosas, las personas, todos los mundos reverberan. A veces en forma imperceptible, otras de manera evidente. Gastón Nakazato es un artista que sabe captar esa reverberación y hacerla canción. Sonoridades sutiles, melodías muy personales, palabras atrapadas en el aire antes que desaparezcan. Esa voz y esos acordes que vibrando flotan resistiendo lo efímero.


Acompañado por (y dialogando con) Cacho Bernal (en batería y percusión), Marcos Duarte (en bajo eléctrico) y Chungo Roy (en teclados), y la partcipación especial de la cantante Gaby Faviero, Gastón Nakazato presentó algunas canciones inéditas en la peña Misionero y Guaraní la noche de anoche. Canciones de bella factura y poética resolución. Alguna fue parte de una obra de teatro, otra surgió como un homenaje a un difusor de la música del litoral de la zona de centro de Misiones, otra tiene que ver con el testimonio y el compromiso ante la degradación de los ríos y la tierra. En esa búsqueda – Gastón – retoma las reverberaciones de la música regional (el chamamé, el rasguido doble, entre otras formas) y las incorpora a su particular vocación melódica y armónica.


Con las canciones inéditas volvieron otras guardadas en la discografía de Gastón. Una zamba de hiriente e inspirada belleza, como lo es Ausente, o la que tuvo origen en las palabras (en la sonoridad de cómo fueron dichas) del gran Ramón «el Mensú» Ayala, y también aquella cuya epifanía surgió investigando nuevas afinaciones a partir de la escucha de Eduardo Mateo. Clásicas y maravillosas formas de poetizar el arte de la canción.

Agradecido de verlo a Gastón nuevamente en el ruedo, en los escenarios, poniendo el cuerpo a su aura creadora. El mundo – desagradable de por sí – se hace más respirable cuando suenan esas armonías de belleza desnuda y fina sensibilidad.

Café Azar

18 de diciembre de 2021

Posadas, Misiones, RA, –