Babasónicos: gesto poético y gesto político

Primero fue un video, en You Tube, con un scroll donde se podía leer un texto en caracteres blancos sobre fondo negro. El audio remitía al sonido del mar. Fue publicado un 12 de julio de 2018 y en la descripción estaba escrito lo siguiente: “Video lyric adelanto La Pregunta / Estreno La Pregunta 27 de julio”. Tuvo (hasta el día en que esto escribo) 42,789 vistas, 1.1 K “me gusta” y “106” pulgares para abajo. Después venían los link de las redes sociales de la banda. Los comentarios son de los más variados. Desde “nos estafaron” hasta “¿Dónde está el audio?; bromas sobre la literalidad, acusaciones de vendehumo asociada a un reciente técnico de la selección nacional de fútbol, declaraciones de amor incondicional a la banda, enojos varios y así.

El video se publicó el 27 de julio de 2018, tal cual lo anunciado. En la descripción se agregaron las plataformas de streaming y la letra completa del tema. Tuvo 4.960.690 vistas (hasta este momento) y 20 K de pulgares aprobando y 1k de “no me gusta”. Los comentarios son mayoritariamente positivos y comparan – algunos – la escucha del tema con erecciones, otros el look del cantante con músicos del folklore argentino o Jim Morrison, y otros escriben, simplemente: “obra de arte”.

La banda, por si alguien está distraído, es Babasónicos y esos fueron los primeros adelantos del disco “Discutible” que hace un par de días ya rota en las plataformas digitales de escucha musical. Pero desde que apareció el video lyric con la letra de “La pregunta” no pude dejar de pensar en el gesto artístisco que esto significaba. Utilizando los medios del capitalismo cultural, del mercado semiótico de videos y música, Babasónicos destila un mensaje contrahegemónico que resignifica y desgarra el velo de lo igual.

Desde los inicios de la banda el concepto de “nada es lo que parece” fue reformulándose en estéticas visuales, poéticas que incomodan y apuntan, precisas, a las lógicas naturalizadas del poder y en conceptos artísticos que van mutando, inapresables.

En una incómoda entrevista, con un mediocre patovica de cartón de un diario hegemónico, Adrián Dárgelos intentaba defender su obra ante burdas y literales interpretaciones de entrevistador. Allí, decía: “No tengo ganas de explicar la letra de mis canciones porque les estaría sacando campo de significado.” En la ambigüedad está el gesto poético, político e ideológico. Fuera de orden, e incluso de significado explícito. Por eso la pregunta infinita.

En mundo donde, al decir de Byung-Chul Han: “la expulsión de lo distinto genera un adiposo vacío de plenitud” (Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto; Herder Editorial, 2017:18) la pregunta desarma lo preconcebido, lo aceptado, lo que se repite hasta que desaparece su arbitraria formulación. En la línea de Marcel Duchamp, Andy Warhol y The Beatles, los Babasónicos, parados en el centro del sistema industrial de contenidos reaccionan escupiendo sobre la comodidad que el mainstream genera. Lo hacen con la estrategia de la guerrilla cultural, devolviendo estéticas inefables y sentidos ambiguos.

“Una obra de arte”, decían algunos comentarios en You Tube.

Café Azar,

un 15 de octubre de 2018

– día soleado (después de varios días bellos grises) –

en Posadas, Misiones, RA.-

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Creación, recreación, identidad(es) y crisis en Satolep

Una reseña caótica y arbitraria del libro VITOR RAMIL, NASCER LEVA TEMPO de LUIS RUBIRA[1]

Rubira

Antes (un reconocimiento previo)

Los noventa no fueron sólo años de neoliberalismo que en estos días vivimos como un déjà vu. Muchas otras cosas – por suerte o desgracia – también se sucedieron. Quiero rescatar una de las buenas. En la playa de Campeche, en Floripa, cuando la avenida de nombre homónimo era aún de tierra. Allí había ido a parar mi amigo Alejandro González Labale. Antropólogo (en estos tiempos anda por Teresina en Piauí). Su casa quedaba en el servidão Alexandrino Pedro Daniel, a pocas cuadras de la playa. Después de unos días de visita, antes de volver a Posadas, me regala un CD. Era Tambong de Vitor Ramil. Antes de llegar a mi casa, en el largo viaje en bondi leía ansioso las letras en el bocklet y pensaba como sonaría ese pequeño disco donde convivían los nombres de Pedro Aznar, Bob Dylan y Egberto Gismonti. A la manera de una génesis poético y musical, ese regalo fue la puerta de entrada a un itinerario que me llevó a ver la presentación de ese disco en Baires, el Cd de Ramilonga adquirido en algún viaje por Brasil, y participar – casi casualmente – de la presentación del libro Vito Ramil, Nascer leva tempo de Luis Rubira[i] en Santa Rosa, Rio Grande do Sul.

Arqueología do sul

Como toda obra de arqueología contemporánea, el ensayo de Luis Rubira sobre Vitor Ramil parte de una dificultad, o de varias, mejor. Una tiene que ver con el perfil del artista puesto en foco. Vitor Ramil es alguien que reflexiona sobre su propio trabajo. Una hermenéutica personal y pública. Y esa reflexión produce un corpus textual en diálogo con las canciones y la experimentación poético-musical que propone. Ese desafío lleva a Luis Rubira a recorrer y escarbar en las capas subterráneas de la obra de Vitor Ramil. Otro “problema” que se le presenta al autor es la evidencia de una obra contemporánea en pleno desarrollo y mutación hasta estos días. Para captar los movimientos de la obra de Vitor Ramil hay que configurar la cámara en Al Servo, sin dudas se hace necesario un enfoque continuo.

Rubira propone un seguimiento cuyo corpus está constituido por los discos (Cds), los textos de ficción y los ensayos de Vitor Ramil, así como las reseñas, comentarios y entrevistas de la prensa. El eje es cronológico y va desde el primer disco del joven prodigio: Estrela, estrela (1981) con arreglos de Wagner Tiso y Egberto Gismonti, hasta Longes (2004), producido en Buenos Aires por Pedro Aznar.

Ser lo que se es

Con honestidad brutal Luis Rubira cuenta, en el prefacio, que hubo un texto previo. Un trabajo que demandó cinco años y que una vez culminado fue discutido con el mismo Vitor Ramil. Alli este le señala que había dejado afuera del corpus el primer disco y que era necesario incorporarlo como parte de un proceso creativo que consideraba importante. Después de esa charla Rubira comprendió que a pesar de las palabras – muchas veces – displicentes de Ramil respecto a esa primera experiencia discográfica, esta formaba parte de “o deslocamiento dos seus questionamentos sobre identidade, suas autosuperações e criações (que)  representavan a antitrajetória de um artista…” (Rubira, Luis; 2017:16)

En esa canción que da título al disco (Estrela, estrela) se prefigura, según Rubira, el camino del salmón que Vitor Ramil va a iniciar en el campo de la música del Brasil. Esa estrella solitaria que brilla sin querer, y es – a su vez -parte del poeta, ilumina el trabajoso camino de constituirse una singularidad por fuera del sentido común hegemónico que suelen relatar las propaladoras del “ser oficial brasilero”. Ser centro de la periferia, no sólo geográfica sino también musical y poética. Un Brasil que no se reconoce en calurosas tropicalías estéticas sino en frías madrugadas camperas de horizontes pamperos. Milongas, gaúchos y una ciudad imaginaria habitada por  personajes que se funden en portugués y castellano. Legado familiar y una identidad abierta. Bienvenidos a Satolep.

Satolep

La manera en que Luis Rubira relata la construcción de Satolep cual cronista de fina mirada y perspicaz intuición es, simplemente, el brillante ejercicio de una genealogía de un concepto estético. La ciudad que vio nacer a Vito Ramil, de la cual se va y vuelve (ya sea para el norte carioca o el sur platino) es Pelotas, en Rio Grande do Sul. El acordeonista ciego en la terminal de la ciudad, una acuarela con motivo parisino en la casa de una tía, la búsqueda de una rítmica prosódica para la palabra en una canción, la cultura afro y gaúcha, la arquitectura colonial, la voz del padre, la de antiguos poetas sulinos y la estética del frío son algunos de los elementos que constata Luis Rubira en la formulación que de Satolep hace Vitor Ramil. Ciudad Imaginaria que a la vez funciona como programa performático en la creación (y recreación poética) de canciones así como en las presentaciones en vivo con la aparición – en la tradición de Ziggy Stardust – del Barão de Satolep.

Creación y re-creación (Dylan & Borges, otra vez)

A lo largo de la obra de Vitor Ramil aparecen versiones y  recreaciones de canciones de Bob Dylan. Inclusive en Campos Neutrais (2017) hay una versión de Sara (rebautizada como Ana). Sin embargo, cuenta Rubira, desde 1984 Ramil venía presentando en vivo el tema Joaquim, una recreación de Joey de Dylan. A partir de la historia de un personaje incomprendido por la sociedad, el Joaquim de Satolep (Joey era de New York) adquiere características regionales. Al decir d Rubira: “…Joaquim era a canção de um artista sulino que falava por meio de signos conhecidos pelos seus coterráneos.” (Rubira, Luis; 2017:82)

Digresión personal

(Permiso Luis)

No es casual, creo, esta relación de Vitor Ramil con Bob Dylan, o mejor, de una obra con otra. En primer lugar la preponderancia de la palabra, no sólo en su sentido u horizonte semántico, sino también en su sonoridad. En segundo lugar (aclaro que no se trata de un orden jerárquico) la apelación a la obra poética de autores como un elemento más en la construcción de la canción. Y, por último, en tercer lugar, la relectura y apropiación del material poético en el marco de una producción singular. Así como hay visiones de Ezra Pound y T. S Elliot – entre otros – en las canciones de Dylan,  también aparecen en las canciones de Vitor Ramil las de Jorge Luis Borges, Joao Da Cunha Vargas, Fernando Pessoa, Chico Buarque y, por supuesto, el propio Bob.

(Gracias, Luis)

Creación y re-creación II

La milonga es el lenguaje común que une el portugués con el castellano. Los estados nacionales de Uruguay, Brasil y Argentina se encuentran atravesados por un paisaje cultural ligado a figura del gaucho, o gaúcho.

Digresión II

(Brevísima, gracias)

Figura inefable que forma parte de un imaginario que en Argentina se utilizó como referente de la nacionalidad que concentraba los valores de un héroe griego (tal lo escriben y describen Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones). Sin embargo, la figura del gaucho también es un campo de lucha en donde se visualizan las relaciones de poder en las sociedades platinas.

(Seguimos)

En Ramilonga, a estética do frio (1997) aparece una de las voces más fuertes de las que componen el universo de Vitor Ramil. Si bien, como señala Rubira, se trata de un conjunto de canciones en donde se mezclan antiguas composiciones (como Ramilonga del 84) con otras especialmente creadas para esa producción: “Os ‘ares’ de milonga que cruzam sobre a cidade e o fazem desaparecer certamente vêm do campo e para ele se dirigem. São ‘ares’ de um pasado. O conjunto da obra, então, irá mergulhar o ouvinte na linguagem quasi esquecida dos avos, permtir o encontró com uma cultura praticamente soterrada pelo estereótipo do gaúcho (Rubira, Luis; 2017:161). Aquí Rubira se encuentra con la reflexión de Ezequiel Martinez Estrada en Muerte y Transfiguración del Martín Fierro (1948) cuando señala como el Martín Fierro (1872) de José Hernández coagula una imagen del gaucho que pasa a ser referencia unívoca no sólo en la literatura gauchesca sino también en el retrato histórico y sociológico del mismo[2]. Bien lo señala Jorge Luis Borges en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius donde hablando de civilizaciones imaginadas comenta, como al pasar: “…ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada sabemos con certidumbre -ni siquiera que es falso.[3]

Hauntología de lo gauchesco, ya sea a través de la voz de un poeta  que recita desde una cinta analógica, o el espíritu de la milonga atravesando los barrios constituyentes de una ciudad en donde se despliega geométricamente la estética del frío. Hay algo más – apunta Rubira – y es el concepto (y la cuerda emocional) que Ramil despliega en el último Cd analizado en el libro: Longes. La lejanía, en tiempo y espacio, del creador, del artista que asume la separación del mundo (saudade del corazón y de la idea, cita Rubira al Grande Sertão: Veredas de Guimarães Rosa). “Sendo a vida fluxo, nehuma fórmula pode ser retornada, nem a do pasado de um povo, nem a de uma fase da vida, ou, no caso específico, nem o período de uma criação artística.”(Rubira, Luis; 2017:234). Al igual que Vitor Ramil en Longes, Luis Rubira se encarga en ese capítulo de condensar estéticas, programas, imágenes, sonoridades y horizontes semánticos del track list del disco en relación al trabajo de minuciosa arquelogía realizado con todo el corpus de la obra del autor gaúcho. Crisis y creación, singularidad atravesada por lenguas diversas y la búsqueda de intuir la inefable identidad que cuando es dicha, deja de ser. La palabra dicha, que al pronunciarse se esfuma y que da lugar a las que quedaron por decir.

Nascer leva tempo es un libro ineludible no sólo para comprender el proceso y los conceptos que van articulando una obra de autor (la de Vitor Ramil, en este caso) sino también para reconocer las formas dinámicas que van tomando las identidades platinas en su permanente reformulación y expresión. Arqueología, genealogía, cartografía y hauntología son algunos de los campos que Luis Rubira transita – y utiliza – con solidez y sapiencia cual gaucho rastreador (una suerte Calíbar sulino).

Café Azar,

16 de septiembre de 2018,

en Posadas, Misiones, RA. –

[1] Rubira, Luis; Vitor Ramil. Nascer leva tempo; Publicatto Editora, Porto Alegre; 2017

[2] Ezequiel Martinez Estrada, Muerte y transfiguración del Martín Fierro/1; Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983. –

[3] Jorges Luis Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; Pp 33 en Obras Completas, Editorial Sudamericana S. A. Uruguay, 2011. –

[i] Prof. Dr. Luís Eduardo Rubira possui graduação em Filosofia pela Universidade Federal de Pelotas (1995), mestrado em Filosofia pela Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande do Sul (2000), doutorado em Filosofia na Universidade de São Paulo (2009), com estágio de estudos na Université de Reims Champagne-Ardenne/França (2007-2008) e pós-doutorado em Filosofia pela Université de Reims Champagne-Ardenne (2014-2015). É Professor Adjunto de Filosofia na Universidade Federal de Pelotas (UFPel), membro do Grupo de Estudos Nietzsche (GEN), do GT-Nietzsche da ANPOF, do Groupe International de Recherches sur Nietzsche (GIRN) e Editor Associado da Revista Dissertatio. Atua na área de Filosofia, com ênfase em Ética e História da Filosofia Moderna e Contemporânea. Suas linhas de Pesquisa são Nietzsche e Filosofia Política Contemporânea. Tem como foco os seguintes temas: moral, tempo, valores, transvaloração, eterno retorno.


La historia no oficial

Para Toñita

Extrañaba la mesa grande, los familiares apiñados, las fiestas multitudinarias. La abuela a la que llamaba mamita y un abuelo que quien sabe porque misterio lo llamaban sólo por el nombre – “dormían en habitaciones separadas” – . Me decía, me repetía muchas veces, que soñaba con la casa de la infancia, que estaba muy limpia, excesivamente limpia. Las sábanas blancas colgando, balanceándose con la brisa y mamita cocinando para todos ellos.

Que a las tres de la mañana se despertaba y había un hombre de traje y sin rostro que la esperaba. Otras veces, era una mujer con la figura de la virgen que se le aparecía a esa hora, y la llamaba. Y ahí se quedaban (unas veces uno, otras veces otra), a los pies de la cama junto a la puerta que daba al pasillo. Un par de horas después, decía, volvía a dormirse. Eso fue después de aquellos insomnios que le provocaban los recuerdos de un amor difuso surgido en un baile que duró toda la noche. Que tuvo sus idas y vueltas en distintos lugares, y terminó apagando el deseo que en aquella primera noche la hizo cruzar el fuego, donde se asaba la carne, para presentarse y bailar con él. “Se quiso aprovechar”, me decía, para contarme que lo vio por última vez  tras un árbol, avergonzado, mientras ella corría angustiada – y no muy convencida de lo que había hecho – por las veredas de una inhóspita ciudad.

Los recuerdos que solía contarme eran de la adolescencia y juventud. Allí es donde ella sentía que su vida estuvo signada por el miedo y el silencio. Que cuando las aguas crecieron, no supo nadar e incrédula fue testigo de otros modos y otras formas que, como heridas, nunca terminaron de cicatrizar. Elucubraba, en ese tiempo eterno e inmóvil, sobre su vida. Y de lo que hablaba era aquello que había callado, como si quisiera recuperar en palabras una historia no oficial, la otra historia.

Anoche falleció en el geriátrico (que por algún raro eufemismo se llama hogar de señoras).

 

Café Azar

Un largo y triste 29 de agosto de 2018,

Posadas, Misiones, RA. –


Los dinosaurios (entre la percha y el Misoprostol)

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Ph: Café Azar

Pobres. Digo por los dinosaurios, claro. Desaparecieron de la faz de la tierra sin conocer a ese ser, que posteriormente se lo llamó de humano. En estos días aparecieron nuevamente mencionados para ser usados como metáfora de algunos integrantes del senado argentino que argumentaron su rechazo al proyecto de ley de Interrupción voluntaria del embarazo aprobado en la cámara de diputados. La metáfora, como corresponde a su carácter paradigmático, asocia lo arcaico del pensamiento de estas personas y, además, el hecho de que en algún momento ya no tendrán lugar en un mundo que sea realmente más humano. Tengo mis dudas a que algún día lleguemos a ese lugar.

De todas maneras algunas de las argumentaciones esgrimidas durante el día y la madrugada del miércoles 8 y jueves 9 de agosto en el recinto parecieran haber sido sacadas del catálogo de lugares comunes que reflejan los aspectos más miserables y menos humanos del ser que no llegó a ver siquiera un dinosaurio. Estuvo quien dijo no haber tenido tiempo para leer el proyecto aprobado en diputados pero igual votaba en contra. Otro, a la manera de Manolito (aquel personaje de Mafalda de Quino), confundió la gratuidad de la salud en un estado presente con el debe y haber de un mercadito de ramitos generales. Alguien hablo de violaciones no forzadas. Hubo una descarada e ideológica mención despectiva de la palabra ideología. También hubo apelaciones, algunas más pornográficas y otras más explícitas, a convicciones religiosas y estados teocráticos. Disquisiciones de dudosas constitucionalidades que se enredaban en palabreríos sordos y sin sentido. Pero quizás lo que más me llamó la atención es que se votó por un rechazo. No hubo una propuesta que superara, o incluso que empobreciera, el proyecto que habían aprobado en la cámara de diputados. Sólo la indiferencia ante la muerte, la representación de un estado ajeno, mudo y estático ante las pocilgas sucias y desoladas en donde se practican los abortos clandestinos y arriesgan su vida las mujeres que decidieron sobre su cuerpo. Se habló, se discutió sobre la salud pública, y la respuesta fue un lacónico no. El rechazo. En nombre de dios, del marketing electoral, de los “costos” (qué precio tiene la vida?) no se planteó un futuro. Como la muerte. Una metáfora casi literal, si se me permite. En nombre de las dos vidas se condenó a la muerte, a la tortura en el mejor de los casos, a miles de mujeres que no entienden porque todavía hay quien dice ser dueño de sus cuerpos.

Sin embargo, hay una lucha que en las calles, en los lugares de trabajo, en los hogares, se hace sentir. Son miles y miles de mujeres qué están haciendo oír su voz deconstruyendo mandatos, legados, asimetrías e injusticias dentro de las cuales está el derecho de la interrupción voluntaria del embarazo. “Donde hay una necesidad, hay un derecho” dijo una sabia mujer hace tiempo atrás. Y creo que esto recién empieza. Se trata de luchar contra la muerte cómo dijera Jon Snow, citando a Heidegger. Uno sabe que pierde, pero sigue. Los dinosaurios están ahí, no son los mismos que transitaron la tierra en los albores de un tiempo que ni tiempo era. Estos senadores también dejarán su función tarde o temprano. Otros vendrán y otras ampliaciones de derecho tendrán que ser discutidas. Sin embargo en los claroscuros de la historia de la humanidad hay días en que, después del dolor, un alivio nos permite sentirnos humanamente solidarios. Ese cambio de aire, esa frágil luz de humanidad, es suficiente para que los dinosaurios se descascaren, por lo menos por un tiempo. Mientras tanto, a paso firme, con sororidad y empatía, una marea verde (que confluye con una naranja) hace de este país (y continente) un mundo que se vislumbra más humano y justo. “Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire / los que están en la calle pueden desaparecer en la calle. / Los amigos del barrio pueden desaparecer, / pero los dinosaurios van a desaparecer.” Charly García, otra vez, como tantas.

Café Azar

Febrilmente escrito en el celular

durante el insomnio de la madrugada

del 10 de agosto de 2018.

Posadas, Misiones, RA. –


Puto

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Ezequiel Barrios Ph: Café Azar

Puto. La palabra. La sonoridad cruda, tajante de la p y la t. Puesta la boca como para escupir. No hay forma de decir puto sin cortar el aire, la tenue suspensión del silencio. Un antes y un después, aunque se repita una y otra vez. Desgarro en el sentido, y en el sonido. “Quiero dedicar esta función a todos aquellos putos que siguen rebotando en los armarios” dijo Ezequiel Barrios al final de la función en el escenario Ismael Fernández, de la Sala Horacio Quiroga del Centro Cultural Vicente Cidade.

Un cuerpo que grita. Y dice. Cuenta. Denuncia. Testimonia. Goza. Sufre. Como capas que lo atrapan y lo liberan en el mismo movimiento. Hay un trabajo físico que sincretiza lenguajes, técnicas, tradiciones expresivas y movimientos de referencia cotidiana. Un ready-made coreográfico, sorprendente y preciso. Destreza y sensibilidad que resignifican el cuerpo, el ritmo, el paso. Ese cuerpo en movimiento está atravesado por la didáctica que ofrece la estética power point, las sombras que duplican, deforman y crean nuevas imágenes y los carteles (en pantalla y en la mano)  tipo el video pionero de Dylan: Subterranean Homesick Blues. En ese video aparecía Allen Ginsberg y me tomo el atrevimiento de asociar la escritura de Ginsberg y Bourroughs (y Perlongher, claro) como genealogía del concepto de Puto.

 

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Ezequiel Barrios Ph: Café Azar

 

El camino del héroe y su enfrentamiento a los legados, a las imposiciones, a lo que el propio cuerpo y corazón siente. Una lucha clásica en la literatura, en la vida. Para ello, para sobrevivir, el poder y la resistencia juegan un ajedrez con finas y ambiguas armas.

Imágenes físicas, imágenes virtuales, imágenes en palabras. Hay textos, sí. Monólogos, gritos y palabras exprimidas hasta casi agotarse. Poética de identidades oprimidas, de metáforas crudas, de humor ácido y corrosivo. De eso se trata, de romper, de salir, de liberarse. Y ahí lo político resuena golpeando las puertas del closet. La decisión de ser lo que uno es. Eso es político, develador, transformador.

Puto, es el concepto. Puto, es el sistema dominante. Puto, el héroe que lo cuestiona y lo pone en evidencia. Puto, el que dona su cuerpo y su vida. Puto, el que baila sus identidades. Puto, el que goza. Puto el que lee, y pasa a otra cosa.

 

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Ezequiel Barrios Ph: Café Azar

 

Café Azar

07/04/18

Posadas, Misiones, RA. –

(Reseña libre sobre la presentación de la obra de Ezequiel barrios: Puto en el marco del Ciclo de Montajes y Desmontajes organizado por La Sequeira en el Centro Cultural Vicente Cidade, el viernes 6 de abril de 2018)


Luminosidad (memorias en suspensión)

 

Al pasar de los días, después de mucho tiempo de adioses, algunos recordados y otros – indefectiblemente – olvidados, me preguntaba cuántas despedidas pueden sucederse (una tras otra) en una vida. En realidad, ya me había despedido. Eso fue hace mucho tiempo, cuando dejé la casa natal, la de la infancia y adolescencia para iniciar otras vidas en otro lugar. Pero ahora es diferente. No creo mucho en la palabra definitiva, pero si en el peso que proyecta. Fue el lugar desde donde salí al mundo. El espacio de mis primeros juegos (solitario primero y con mis hermanas, más tarde). Donde recibí el amor, el cariño, la indiferencia y el reto de mi madre y de mi padre. Un patio con un limonero en el centro que ya no existe, piso de tierra y una parrilla precaria atrás. Después, ya más grandes – con amigos y amigas – los cigarrillos a escondidas en la terraza o la juntada para escuchar los discos de rock en el Winco. Siempre hubo libros, colecciones de libros que en algún momento devoré apasionado: desde los libros de tapa dura y amarillos de la biblioteca Robin Hood hasta las estremecedoras y sensibles historias de Ray Bradbury en la colección Minotauro. Esos libros nos embarcan en viajes y países de los cuales nunca se regresa.

 

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Esos fragmentos de voces, angustias, placeres, risas divertidas, susurros, cobijos y escenas dudosas que desfilan en la memoria las veo como de una inmaterialidad que flota suspendida en el aire. Y que se ve al mismo tiempo que se siente. Si tuviera que pensar en una sola palabra que identificara esa serie de sentimientos ligados a la vida en un lugar (la casa natal en este caso) es luminosidad. La de las habitaciones, los pasillos, el baño, el patio y la terraza. La luminosidad es diferente a la luz de un espacio. Es una reverberación inasible. Es lo que uno siente que queda en el aire después de escuchar un acorde aumentado o disminuido suspendido. Inestabilidad y tensión dicen los manuales al referirse a este tipo de acordes. Y nada define mejor la luminosidad. Algo así como la relación entre el concepto de sonido y el de sonoridad. La sonoridad no es absoluta y, si bien existen unidades cuantitativas que forman parte de un proceso de medición, esta siempre es relativa. Le agregaría a esta definición usualmente usada de sonoridad un aspecto que surge de la materialidad acústica de la palabra y que relaciono con esas partículas que caen suspendidas en el aire y se ven sólo a trasluz.

 

Hay recuerdos que parecieran ser solo luminosidad. No importa si los colores son cálidos o fríos. Es ese resto. Esa vibración que opera movilizando nuestra sensibilidad más profunda. Imposibles de fijar, inaprensibles y arbitrarios. Están, pero cuando los nombramos, desaparecen (aunque siguen ahí, en nuestro latido).

 

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Camino por las habitaciones vacías y los siento asaltando mi escasa lucidez. Se me muestran informes, en un brillo o una sombra. Sé que me los llevo. Que al dejar esta casa seguirán conmigo, tal vez mutando, tal vez siendo olvido. No es el lugar, es uno el que habitó entre esas paredes en un tiempo de juegos y descubrimientos. Ahora, ya pasados los años, los siento intervenir – como en guerrillas fugaces – en los momentos más inesperados. Me despido de un lugar pero aquella luminosidad forma parte de mí, discreta y definitiva.

Café Azar

Mediados de marzo de 2018

Posadas, Misiones, RA. –


La super VHS y la resaca existencial: algunas ideas sobre Nada (Ricardo Alcaraz, 2005)

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En la proyección de mi memoria está entre entre Kids (1995) de Larry Clark y los protocolos estéticos del manifiesto primaveral del dogma 95. La tenía ubicada en los noventa pero la data cierta, la que aparece en los créditos es de los primeros años del 2000. Precisamente el 2005. La fui a ver cuando me enteré de su proyección en el Centro Cultural. Recuerdo que salí movilizado y locuaz discutiendo con alguien que casualmente recorría las mismas cuadras de regreso a no sé bien dónde. De esa discusión me acuerdo que giraba en torno a jóvenes sin proyectos y la evaluación moral que eso presuponía. Jóvenes sin FODA, ni planes estratégicos, pienso ahora que se refería mi interlocutor. En la amable y medida forma de intercambiar argumentos en que trascurrieron esas cuadras creo haber dicho que no se trataba de juzgamientos, ni de discursos morales sino de una descripción – ficcionalizada – de un grupo de pibes en esos momento que van de la noche a la madrugada. Sin tomar partido y con los recursos de la narración audiovisual. Para no ser injusto quizás – ni mi circunstancial compañero de caminata, ni yo – hayamos argumentado de esa manera. Lo que sí puedo afirmar es que las imágenes de Nada quedaron guardadas por mucho tiempo hasta ahora que intento exorcizarlas en forma de texto.

Nada tiene la dirección y el montaje de Ricardo Alcaraz, iluminación y cámara de Pedro Frías, Eugenia Velázquez en utilería y escenografía, la música de Neto y Payé y actúan en la peli: Lucas Pérez Campos, Karin Schöller, Fernando Molina, Eugenia Velázquez, Pacho Montiel, Romina Coniglio, Raúl Ortega, Diego Acuña, Violeta Vidal y Andrés Barchuk.  Todos ellos integrantes del grupo de experimentación teatral Déjà-vu. La película no guarda relación alguna con las tres obras que había presentado el grupo anteriormente (“Paz, amor, violencia y degeneración IV”, “Guara guara” y “Una mierda”). Sin embargo, en algunos diálogos aparece la referencia a la última de las obras mencionadas. Según reza en títulos finales: “Esta película fue filmada durante 14 horas continuas un sábado de mayo del 2005, utilizando una cámara JVC GR-SX867, y fue editada digitalmente entre los meses de mayo y septiembre. El presupuesto total de esta producción fue de u$s 30.” Así las cosas.

 

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Podría decirse que la película trascurre en una suerte de símil de tiempo real. Salvo la secuencia del inicio en donde se prefiguran los personajes protagónicos – ya sea en  la pantalla o través de su mención – el resto podría interpretarse en una sola secuencia temporal. Es más, esa primera secuencia queda separada del resto del relato por los créditos de presentación de la peli. Sólo el nombre de un protagónico se hace imagen en el personaje después de los títulos. Lo que sigue es un viaje a través de relaciones inestables (¿hay alguna que no lo sea?) y situaciones de extrema poesía, crudo registro, humor negro (o cínico, tal vez), y autoconciencia del relato. Para esto, el guión de Ricardo Alcaraz y Lucas Pérez Campos retoma elementos de la comedia de enredos con situaciones muy alejadas de los teléfonos blancos de Mirtha Legrand y la inmaculada sonrisa de James Stewart. Recursos narrativos que hacen que los personajes de Nada puedan moverse por las situaciones más complejas en un estado de naturalidad – no de realismo – casi inconsciente.

No importa – al menos a mí no me importa – hasta qué punto el resultado de los conflictos que se van sucediendo en la larga noche de Nada fueron parte de un trabajo de improvisación o de férreos guiones. Lo que me importa es el carácter narrativo sólido que presenta la película. Ese es el único compromiso con el espectador. En ese sentido creo que Nada recupera para sí lo mejor del cine que cuenta historias describiendo ambientes. Algo así como melodías inmersas en inseparables armonías.

 

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Encuentro belleza poética en la estética low-fi. En Nada hay imágenes muy poderosas en el ruido de sus imágenes, en su iluminación difusa, en lo que dejan caer los actores: lo de los “lunares de la lluvia” es imagen y palabra que aún da vueltas por mi cabeza. Los 30 dólares de presupuesto pasan a ser una declaración de principios y una toma de posición estética. A la manera de la ética DIY (Do It Yourself) del punk de los ochenta en Nada la forma y el contenido están íntimamente ligados. Es una mirada de una noche en que, al igual de lo que registra la super VHS en condiciones de baja luminosidad, está constituida por los claroscuros de una resaca inmensa.

Relaciones cruzadas, silencios, pulsiones sin control alguno, el sexo y el amor, lo dicho y lo no dicho, la terrible ambigüedad de la existencia y el ruido blanco por detrás de las visiones que nos asaltan en las largas noches. De todo eso, trata Nada.

 

Café Azar

Fin de febrero de 2018

Posadas, Misiones, RA.-